jueves, 27 de septiembre de 2007

Fábula sobre la naturaleza humana.

Esperanza podía presumir de tener limpio el corazón. Obviamente no lo hacía ya que la vanidad no es propia de los limpios de corazón. Vivía según las reglas que le dictaba su conciencia y era feliz con ellas porque siempre le guiaban hacia lo correcto. Un buen día Dios decidió premiar su comportamiento y tras tomar la forma de un mendigo se situó en el camino que Esperanza recorría cada día para ir a trabajar. Cuando ella pasó por su lado se detuvo. Le dedicó una mirada de infinita ternura y continuó su camino, no sin antes depositar en su regazo el bocadillo que debía de ser su almuerzo. Dios, conmovido tras comprobar que sus asesores no habían errado al elegir a la persona merecedora de su premio, se trasladó al domicilio de Esperanza y esperó a que regresara. Esperanza no se asustó al verle en su casa, repitió la misma mirada de ternura hacia él, y le ofreció su cama para pasar la noche. Dios se dio a conocer con lagrimas en los ojos, lagrimas saladas que en su forma divina no conseguía derramar y que aliviaron sus temores. - Recurro a ti porque eres un alma pura. Te he elegido para que el mundo se parezca a ti, ya que parece que mi ejemplo ha sido enterrado por el paso de los siglos. Piensa detenidamente....... ¿ Qué tres cosas cambiarías? ¿ Que tres deseos tienes para el hombre? Esperanza pensó, y pensó, y pensó. - Quiero salud para los hombres, quiero que todo el mundo conozca el amor, y quiero que todo hombre tenga dinero para acabar con la pobreza. Dios le concedió sus deseos y desapareció tras desearle que le fuera mejor que a él en su intento de crear un mundo mejor. Esperanza agotada por la responsabilidad que había recaído sobre ella, durmió durante dos semanas seguidas tal como le había anunciado el Señor. Cuando despertó corrió a la calle para comprobar el resultado de sus deseos. Comprobó que la gente lucía rostros y cuerpos más saludables. Comprobó que en sus ojos podía verse el aura inconfundible del amor. Y comprobó que las calles antes desiertas y limpias, eran ahora pobladas por miles y miles de personas sin hogar. Corrió al supermercado para comprar comida para todos los salubres enamorados que vio mendigar mientras se preguntaba como Dios podía haber malinterpretado uno de sus tres deseos pero cuando llegó no pudo creer lo que sus ojos le dictaban. Dios nunca se equivoca, y tal y como ella pidió, cada hombre había recibido su dinero. Una cantidad ingente con el fin de que a nadie le faltara de nada. Entonces el pobre fue rico, y el rico todavía más rico, porque todos recibieron lo mismo. Pero a los que ya eran ricos esta nueva situación no les gustó y se unió a todos los ricos con el fin de multiplicar los precios de los mercados que aun contolaban. Y los multiplicaron hasta que los que antes eran pobres no pudieron pagar obligandoles a depositar en sus manos sus recien estrenadas fortunas. Los pobres volvieron a ser pobres. Los ricos eran aún mas ricos ya que seguian abanderando la injusticía con una salud de hierro y la euforia que proporciona el amor.

2 comentarios:

Valeria dijo...

Justicia divina?
Mal vamos...

Veo que este blog está recién estrenado. Bienvenido!
Gracias por invitarme a conocerlo.
Un saludo.

Virginia dijo...

Me quede sin Esperanza... (doble sentido por una amiga que pedí, o eso creo)

Es un relato muy bonito! me gusta como escribes y me alegro que nos dejes ver tu diario! Viva el voyeurismo cibernético!

Espero que esta noche duermas bien, y que te despiertes mejor!

Buena suerte y espezanza